La relación que tenemos con nuestros hijos e hijas es la base sobre la que funcionan las normas, los límites y la comunicación. Cuando el vínculo es fuerte, cooperan más y recurren a nosotros cuando tienen un problema.

Qué la hace crecer

  • Tiempo exclusivo. Diez o quince minutos diarios en los que él elige el juego y nosotros simplemente estamos, sin móvil y sin corregir.
  • Atención a lo que hace bien. Solemos comentar lo que falla; conviene decir en voz alta también lo que funciona.
  • Afecto físico y verbal, adaptado a lo que cada niño acepta.
  • Interés por su mundo. Preguntar por sus amigos, su juego preferido o el dibujo que ha hecho.
  • Rutinas compartidas. El cuento antes de dormir, el camino al colegio, cocinar juntos los domingos.

Cuando hay conflicto

Tener una buena relación no significa que no haya límites. Significa ponerlos sin humillar, y reparar después de un mal momento: «antes te he gritado y lo siento». Pedir perdón no nos quita autoridad; enseña cómo se cuida una relación.

Una idea sencilla

Proponeos que, cada día, las interacciones agradables superen claramente a las correcciones. No es una fórmula exacta, pero ayuda a mirar cómo está la balanza.