El enfado es una emoción útil: avisa de que algo nos parece injusto o de que no hemos conseguido lo que queríamos. El problema no es sentirlo, sino expresarlo pegando, gritando o rompiendo cosas.

Enseñar a reconocerlo

Podemos ayudarles a notar las primeras señales en el cuerpo: calor en la cara, puños cerrados, el corazón rápido. Un «termómetro del enfado» dibujado, del uno al cinco, les sirve para decir cómo están antes de estallar.

Estrategias para calmarse

  • Pararse y respirar despacio, como si inflaran un globo.
  • Alejarse un rato a un rincón tranquilo elegido entre todos.
  • Moverse: saltar, correr, apretar un cojín.
  • Decirlo con palabras: «estoy enfadado porque…».

Estas herramientas se practican cuando está tranquilo, no en medio de la tormenta.

Nuestro papel

Validar la emoción y poner límite a la conducta: «puedes estar enfadada, pero no puedes pegar». No responder con gritos a sus gritos. Y hablarlo después, buscando juntos una solución a lo que le ha enfadado.

Nuestro ejemplo

Los niños aprenden a gestionar la rabia viendo qué hacemos nosotros con la nuestra. Decir «ahora estoy demasiado enfadado para hablar, vuelvo dentro de cinco minutos» es una lección muy potente.